Alfonso Reyes historia del baloncesto español
“DELANTE DE UNOS HUEVOS FRITOS ES MUY DIFÍCIL QUE DOS PERSONAS SE LLEVEN MAL”
El exjugador de baloncesto, actual presidente de la ABP, debuta como escritor con ‘Huevos fritos con patatas’ (La Esfera de los Libros)
La misma garra que tenía para el baloncesto, la tiene para la escritura. Y esa garra, a sus 54 años, da que hablar a sus seguidores en X y, ahora, a los que lean su primer libro. Alfonso Reyes debuta como escritor con ‘Huevos fritos con patatas’ (La Esfera de los Libros).

Pregunta. ‘Huevos fritos con patatas’. ¿Por qué este título?
Respuesta. Siempre me han gustado los huevos fritos con patatas. Es un plato que a pesar de ser muy sencillo, no es nada simple, y comiendo puedes alcanzar la excelencia con él. Y es lo que me gusta, poder sacar lo mejor de las cosas más sencillas.
P. ¿A quién va dirigido el libro y qué va a encontrar quien decida leerlo?
R. El libro lo puede leer cualquiera. Hablo del sentido común, entonces lo puede leer cualquier persona sensata que se aleje de la polarización que nos quieren imponer ahora. Hay mucho autobiográfico: hablo de mi enfermedad, de mi carrera, de mi padre, de mi familia, de valores, de la amistad, de libros… Hablo de todo aquello que me ha hecho llegar hasta aquí. Y principalmente eso va a ser lo que se va a encontrar el lector. Yo espero que guste.
P. El libro arranca con el hideputa, el perro negro, el COVID-19. ¿Cómo cambió esa experiencia de marzo de 2020 con la enfermedad su manera de enfrentarse a los debates triviales del día a día?
R. Fue muy duro. Yo lo cogí muy pronto, de los primeros días del COVID en España. Empecé con los primeros síntomas, después me ingresaron con una neumonía bilateral y los médicos, los pobres, no tenían ni idea de la enfermedad, como el resto. Entonces, tenían que ir probando medicamentos en los pacientes y afortunadamente, en mi caso, salió bien, aunque lo pasé mal, pero por desgracia muchísima gente no lo pudo superar. Y claro, cuando vives una experiencia tan traumática, que no sé cómo de cerca estuve de seguir aquí o no, aunque afortunadamente lo puedo contar, luego siempre el propósito es experimentar todo mucho más, valorar todo mucho más. Solo pido salud para todos, especialmente para los míos, y levantarme todas las mañanas y acostarme todas las noches con la conciencia tranquila. No pido nada más. El COVID-19 fue una experiencia que me ayudó y me llevó a ser la persona que soy ahora.
P. El subtítulo es: ‘Sentido común en la vida cotidiana y en la política’. ¿Por qué reivindicar esto resulta un acto casi contracultural?
R. Porque se ha perdido llamar a las cosas por su nombre y tener conversaciones tranquilas, reposadas. Delante de unos huevos fritos es muy difícil que dos personas se lleven mal o que se enfaden. Antes no hablábamos de política, ¿por qué ahora sí? ¿Por qué ahora siempre tiene que haber tanta crispación? Hay que hacer una llamada al sentido común y que todo vuelva a su cauce para poder hablar de todo sin cortapisas, con libertad, con respeto, con sentido común en definitiva. Es cierto que cada uno tiene el suyo, pero creo que todos, más o menos, o la inmensa mayoría, coincidimos en muchas cosas. Y eso es lo que hay que buscar, no las diferencias, sino las similitudes entre todos.
P. Frente al ruido, apuesta por la mesura. ¿Se ha convertido la moderación en una forma de rebeldía?
R. Sí, como has dicho antes, la contracultura ahora es las cosas a las que antes no se les daba importancia, que parece que son totalmente contrarias a la senda que nos quieren marcar. Y ahí es donde tenemos que volver sin miedo. Aquí lo que hay que tener es criterio propio. Y a partir de ahí ya eres libre para decidir por ti mismo, para opinar. Te puedes equivocar, por supuesto, y puede haber otras personas que te hagan cambiar de opinión, ¿por qué no? No tienes que ser monolítico, tienes que aprender del que te enseña, y ya está, nada más.
P. Defiende la libertad de pensamiento incluso cuando tiene un coste personal. ¿Usted ha pagado alguna vez el precio de opinar libremente?
R. No, hasta ahora no. El precio máximo que he pagado ha sido bloquear en X. Además, a ‘bots’ que no conozco no me cuesta nada bloquearlos, pero no debería ser así. Deberíamos opinar con respeto y tranquilidad sobre todo aquello que nos incumbe y sobre todos aquellos que gestionan nuestra vida.
P. En X ha construido una voz reconocible. ¿Se puede decir hoy lo que uno piensa sin ser encasillado de inmediato?
R. Es complicado. De todas formas, si no me llaman facha tres veces al día, no estoy tranquilo. Hay otros que me llaman lo contrario, aunque menos porque al final todos tenemos nuestro sesgo. Es imposible no tenerlo, pero también hay que entender a los demás. Eso sí, con los extremistas no puedo, y hay cosas con las que no puedo y no trago.
P. En una época de etiquetas y bandos, ¿qué espacio queda para quienes no nos sentimos cómodos, y aquí me incluyo, en ninguno?
R. Hay que ser firmes en las convicciones, pero siendo permeable también. Tú puedes ir cogiendo ideas de gente que no piense como tú, por supuesto. Es que si te cierras es lo peor que puedes hacer. Por eso me gusta tanto la lectura, porque vives muchas vidas. Lees obras de escritores que no tienen por qué pensar como tú, ni tener una idea de la vida como la que tienes tú. Entonces, eso también es enriquecimiento personal. Pero lo que no voy a permitir es que nadie me encasille, porque no tiene ni idea de quién soy realmente, solo el que me conoce de verdad lo puede saber. Y no es cambiar de opinión, eso es otra cosa, eso se llama mentir. No es cambiar de opinión, sino tomar nuevas ideas de aquello que más te satisfaga o más te convenza.
P. En el libro hay crítica, pero también ironía. ¿El humor es una forma de resistencia frente al clima de crispación?
R. El sentido del humor es fundamental para mí e intento aplicarlo, sobre todo, si los que tengo a mi alrededor lo hacen. Lo que se tiene que tomar en serio, se toma, pero el humor hace todo mucho más llevadero. El humor es muy importante también para desdramatizar y para liberar tensiones.
P. ¿Qué le enseñó el baloncesto que hoy echa en falta en la vida pública?
R. Muchas cosas, pero también lo digo, los valores humanos son universales, no son exclusivos del deporte. ¿Qué te hace el deporte? Si tienes un buen sustrato, una buena tierra en la que puedan arraigar y florecer esos valores, será más fácil. Y si le aplicas el deporte, creces como un abono. El deporte es un abono a esa capacidad que tiene tu tierra de hacer crecer la vegetación, en este caso los valores. Entonces, a mí me ha ayudado a ser mejor persona, que al final es de lo que se trata. Por supuesto, primero, saber que puedes hacer muchas cosas, pero intentar siempre estar bien con los demás. Aplicar el tópico de “no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”. Al final, dejar un buen recuerdo es un buen objetivo. Y en eso el baloncesto me ha ayudado mucho.
P. Desde su experiencia como baloncestista antes y como presidente de la ABP ahora, ¿qué paralelismos ve entre la gestión de una crisis en un vestuario y la gestión de una gran crisis política?
R. En principio parece más fácil la gestión de la crisis de un vestuario, lo que pasa es que yo nunca he querido ser entrenador, porque para ser entrenador tienes que gestionar un vestuario y yo sería demasiado franco, honesto, y le diría a cada uno lo que quiero de él. Y eso debería ser lo ideal, pero no lo he visto muchas veces en un vestuario. No sé si eso se puede extrapolar a una gestión de una crisis política, pero el político debería decir realmente lo que pasa, no mentir. Un político tiene que decir la verdad. Ya sé que está mal visto, no es lo que se lleva, pero como en la vida, tiene que ir con la verdad por delante. Un político puede cambiar de opinión de vez en cuando, pero no por sistema. Luego hay que intentar solucionar los problemas, pero si empieza mintiendo va mal.
P. Lo que más valora en una persona es la bondad y el sentido del humor. ¿Considera que falta bondad y sentido del humor en la clase política?
R. Sobre todo la bondad, porque el sentido del humor está muy bien, pero sin lo primero no eres nadie. Para mí, la virtud suprema es la bondad. Y lo he experimentado mucho, porque afortunadamente he tenido gente a mi alrededor muy buena. Y luego, además, el sentido de humor. Estas dos virtudes te llevan a la inteligencia. Y eso falta. Yo veo mucha falta de bondad en la política. Hay buenos políticos, hay buena gente en la política, pero me temo que la mayoría no son así. Si no, no se dedicarían a ello.
P. ¿En qué momento tuvo la sensación de que, como sociedad, empezamos a perder el sentido común?
R. Ya hace muchos años, por desgracia. No te lo voy a decir, eso me lo guardo, pero por desgracia hace tiempo. Hace tiempo que lo perdimos y hay que recuperarlo. Y no solo es culpa de los políticos, también es culpa de nosotros que les votamos. Nosotros no podemos descargarnos de responsabilidad. El votante es, al final, el que decide. Afortunadamente, vivimos en una democracia y es el voto el que decide al dirigente, así que tendremos que preguntarnos a nosotros mismos también qué es lo que pasa.
P. Reivindica el sentido común como algo compartido por la mayoría. ¿Por qué da la impresión de que en el debate público siempre es una minoría la que marca el paso?
R. Me temo que a veces sí. Por desgracia hay minorías que tienen demasiado peso, están sobreponderadas, y eso no puede ser. Hay que atender a todo el mundo, pero no es justo que haya minorías que marquen el camino a la mayoría.
P. ‘Huevos fritos con patatas’ es un alegato contra el dogmatismo. ¿Dónde se encuentra la línea roja entre defender las ideas con firmeza y caer en el fanatismo?
R. Puede ser una línea muy tenue, pero creo que el que tiene ese sentido común, sabe perfectamente dónde está esa frontera y no debe traspasarla nunca. Puntualmente se puede acercar, pero no la puede traspasar.
P. En el libro también habla de la responsabilidad individual. ¿Dónde empieza la responsabilidad individual en una sociedad tan dada a delegarlo todo?
R. Tiene que empezar por uno mismo. Ya he dicho que cuando vamos a votar, hay que hacerlo con responsabilidad. Cada uno según su sensibilidad política o sus ideas, pero no debemos delegar tanto. Al final, si delegamos, también hay que pedir responsabilidades a aquellos que nos gobiernan. Cuando te eligen para dirigir el país, una comunidad autónoma o un pueblo, no vale decir a los cuatro años “que venga otro”. Depende, si tu gestión ha sido lamentable, tendría que haber algún mecanismo para que eso no quede así. No sé cómo, pero no debemos distanciarnos. Y por desgracia no lo estamos haciendo porque ahora, cuando quedamos con amigos o con la familia, siempre sale el tema. Antes no se podía hablar ni de religión ni de política en la mesa, pero ahora es obligatorio y eso no es bueno.
P. Dedica espacio a la lectura como refugio y aprendizaje. ¿Qué le han dado los libros que no encontró ni en las canchas de baloncesto ni en las aulas de la Escuela de Caminos?
R. Los libros me han dado conocimiento, me han dado criterio, me han dado felicidad, me han dado vida, porque es muy difícil que yo esté un día sin leer y que me acueste sin haber leído, o sin haber leído antes para conciliar el sueño. Entonces, para mí, los libros son mi principal vicio porque no puedo vivir sin ellos.
P. El libro no busca adoctrinar, sino invitar a pensar. ¿Confía en que el lector llegue a conclusiones distintas a las suyas?
R. Sí, a mí también me gusta leer y cuando leo un libro me gusta llegar a sacar el máximo jugo de él. Depende de la lectura, pero como digo al principio de ‘Huevos fritos con patatas’, hasta el hombre más opaco emite resplandor, que quiere decir que se puede aprender de cualquier persona. Entonces, eso es lo que busco yo. Yo sigo aprendiendo, me encanta seguir aprendiendo, de ahí esa avaricia con los libros, esa voracidad de querer saber más, porque sé muchísimo, pero me queda muchísimo por aprender y los libros son la mejor opción para hacerlo.
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